La fiesta de un pueblo por su Santo

Una verdadera fiesta llena de fervor popular y múltiples manifestaciones de un pueblo que ama a su pastor fue lo que se vivió desde el 13 hasta el 14 de octubre en todo El Salvador, esto como preparación al momento en que sería canonizado en Roma Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Miles de personas regocijadas dieron gracias a Dios y al Papa Francisco por hacer realidad el sueño de muchos de ver en los altares al Obispo y Mártir salvadoreño asesinado en el altar el 24 de marzo de 1980.

Las actividades en honor al magno evento de canonización de Monseñor Romero iniciaron desde muy temprano el 13 de octubre y culminaron a eso de las 4 de la mañana del 14. Los escenarios fueron tan variados como las expresiones religiosas, culturales y populares. Cada cual, a su modo, pero todos unidos con la misma alegría se reunieron en templos, plazas y calles para prepararse al momento en el que el Papa Francisco dijera que Oscar Romero subía a los altares.

El momento llegó y la alegría estalló con luces, globos y la multitud rugió con un mismo grito: ¡Qué viva San Romero! ¡Qué viva el Santo! Hombres, mujeres, niñas, niños, religiosas, religiosos, sacerdotes, jóvenes, adultos, salvadoreños y extranjeros, un pueblo en general unieron sus voces y sus corazones en ese momento tan esperado.

Significativos y valioso de destacar fue el momento que se vivió, frente a Catedral Metropolitana de San Salvador, antes de la misa preparatoria a la canonización de San Oscar Romero, cuando la procesión que venía de la Plaza de las Américas (conocida como Plaza del Divino Salvador del Mundo), trayendo la figura del para entonces todavía Beato. La plaza Barrios, la Catedral Metropolitana y miles y miles de personas fueron testigos del “traspaso generacional” que se llevó a cabo. Un gesto lleno de mucho simbolismo con el que adultos entregaban la imagen del ahora Santo a jóvenes que daban por recibido el legado de la vida y obra de San Oscar Romero.

En las diferentes parroquias del país se realizaron vigilias. Los fieles se reunían para esperar y celebrar juntos el momento en que pudieran llamar por primera vez santo a Oscar Romero. Los escenarios más destacados fueron aquellos que estuvieron ligados de manera especial a la vida y obra de San Oscar: Ciudad Barrios, en la Diócesis de Sa Miguel) cuna del profeta Romero; el hospitalito de la Divina Providencia y Catedral Metropolitana en San Salvador, ligados de manera especial el primero a su muerte martirial y la segunda por ser el lugar desde donde el Obispo mártir daba domingo a domingo su mensaje a su pueblo y  en dónde finalmente descansan sus restos mortales.

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